martes, 5 de septiembre de 2017

La mierda que te mereces

Nunca falla. Tan preciso como el mejor reloj. En cuanto algún competidor español en algún deporte minoritario consigue un éxito (la última, el Mundial que ha ganado la selección femenina de hockey sobre patines), no faltan los que, en lugar de alegrarse, o mostrar su indiferencia, o hablar de aspectos técnicos de esa actividad, se dedican a despotricar. No contra los rivales o los árbitros o lo que sea, sino contra la horrible y malvada prensa que no le da la importancia que se merece a ese juego con mil o dos mil federados en un país de casi cincuenta millones de habitantes. Qué gentuza son los juntaletras que solo hablan de fútbol y más fútbol, o mejor dicho, de Real Madrid y Barcelona.

Y sí, es verdad. La tele está llena de basura pseudodeportiva con poco o nulo criterio, aún menos objetividad, y formas propias de verdulera de mercadillo. Se elevan a categoría de noticia y se extienden hasta límites grotescos temas que no pasan de anécdota irrelevante, se relegan a segunda plana asuntos de verdad importantes, se habla a voces, se escribe con un estilo que avergüenza a cualquier estudiante de primero de Periodismo, en definitiva se genera un producto informativo de calidad bastarda. Con las correspondientes excepciones, la información que consumimos en España oscila entre la vergüenza ajena y el ridículo.

Y si no, desmiéntemelo.

¿Y sabes quién tiene la culpa? Tú. ¿Y sabes por qué? Porque te gusta. Ves programas de mierda, lees artículos de mierda en periódicos y webs de mierda, escuchas locutores de mierda. Sabes que es una mierda, dices que es una mierda, no dejas de quejarte de lo mal que huele esta mierda. Pero ahí sigues, volviendo a por tu dosis. Esos espacios tan nauseabundos, ese Chiringuito al que acertadamente llaman el Sálvame del fútbol, ese Tomás Roncero, ese Manolete, ese Roberto Gómez, esos Manolos, tienen una puta legión de seguidores. Ellos mismos saben que lo que hacen no es bueno, porque serán despreciables pero no tontos, pero les funciona, y no van a cambiarlo.

Mientras tanto, tienes Teledeporte en abierto, disponible de punta a punta del territorio nacional, sintonizada en todos los televisores del país, emitiendo el balonmano, la gimnasia rítmica, el ciclismo, el voleibol, el judo y hasta las traineras. Todo eso con audiencias medias del 1,5% los días extraordinariamente buenos (normalmente no llega al 1%) y picos del 3% en rarísimos momentos de euforia; mucho menos, por ejemplo, que las pelis del oeste de los años '60 que ponen en 13TV a media tarde. Y tienes también un montón de webs dedicadas a hablar de esos deportes, y tienes hasta secciones específicas en los grandes diarios digitales. Joder, que hasta el Marca tiene un espacio exclusivo dedicado a ese noble y muy respetable coñazo que es el rugby. Y la gente no se mete a verlo. Tú que eres muy listo y muy guay y muy alternativo a lo mejor sí, pero la gente no. De cada 100 visitantes que tiene la web, 90 o más se van a por el fútbol, y de ellos 80 van a la galería de fotos del culo de la cachonda que se está zumbando a tal o cual jugador.

Es cierto que los profesionales deberían hacer autocrítica, pero hemos llegado a un punto que trasciende la ética periodística, porque son abundantes los que, desde dentro, son conscientes de lo que pasa y hacen lo que pueden por arreglarlo. Pero la solución no está en manos de Rubén Uría o de Van Gaal y su libreta, sino en las tuyas. ¿Quieres ver contenidos de calidad en la prensa deportiva? Reclámalos. A los medios les da lo mismo ofrecer una cosa u otra; de hecho, créeme, aunque es más laborioso currarse un trabajo digno, para el profesional resulta mucho más gratificante y se hace de mejor gana. Si la gente deja de consumir mierda y se va a por lo bueno, los medios dejarán de hacer mierda, porque lo que quieren es ganar dinero y darle al público lo que el público reclama. Es el extremo del consumidor, del receptor de la información, el que tiene el poder y la capacidad de hacer que las cosas cambien; si al emisor la morralla le da beneficios, no va a mover ni un dedo para joderse el negocio. No te quejes de que "en los telediarios emiten solo esta basura" o "no me ofrecen alternativas", porque es mentira y son fáciles de encontrar. Búscalas y quédatelas. Premia a los buenos, condena al olvido a los mediocres. Si no lo haces, seguirás teniendo mierda. La que te mereces.

lunes, 14 de agosto de 2017

Tú, sí, tú, eres un mal atlético (explicación razonada)

Basándome en las estadísticas, es de suponer que te gusta el fútbol. No te preocupes, no es grave. Bueno, en realidad sí que lo es: los casos más extremos embrutecen y aborregan a niveles vergonzosos. Pero la mayoría de la sociedad está, estamos, contagiados por el virus, así que comprendemos tus síntomas, a veces los compartimos, y no nos importa pasarlos por alto de vez en cuando. Si además de gustarte el fútbol eres una persona con algo de criterio y sensatez, tu equipo favorito será indudablemente el Atlético de Madrid. Vale, es una afirmación arbitraria que puede ofender a algunos, pero este blog es mío y me lo follo cuando quiero escribo lo que me apetece, así que jugando, ganando, peleas como el mejor, porque siempre tu afición se estremece con pasión cuando quedas entre todos campeón.

A los atléticos nos gusta decir que somos la mejor afición del mundo. Es un título honorífico surgido en torno a las campañas publicitarias de la señora Rushmore en aquella época, menos lejana de lo que nos gustaría, en la que en la hierba del Calderón pastaban Maniche, Costinha, Musampa, Pato Sosa, Luccin y mastuerzos de similar pelaje. Torres al margen, lo más parecido a un crack que teníamos era Ibagaza. El percal no daba ni para meternos en Europa League, con el ridículo añadido de que el vecino nos sobaba los morros cada vez que nos cruzábamos, y necesitábamos algo con lo que consolarnos. No resiste el menor análisis crítico, literalmente cualquier grada sudamericana o del este de Europa es más animosa, apasionada y fiel, pero oye, aquello cayó en gracia. Hicimos como que nos lo creímos para sacar algo de orgullo en esos tiempos sombríos, y ahora todavía seguimos con la cantinela.

Lo que pasa es que dentro de la mejor afición del mundo hay muchos, muchísimos, malos atléticos. Algunos no lo admitís por vergüenza, otros ni siquiera lo sabéis, pero lo sois. Gente contraproducente para el bien y el futuro del club y por tanto del equipo. Y cuesta identificarlos porque bastante gente no tiene claro cuál es el criterio correcto. Los hay que se creen mejores atléticos por llevar animando las rayas rojiblancas desde los tiempos de Adelardo, como si los adolescentes tuvieran culpa de haber nacido más tarde. Otros piensan que son superiores por no perderse un partido, como si los que viven lejos del estadio y no tienen tiempo o dinero para viajar fueran hinchas de segunda. Los hay que dan a entender su falsa superioridad porque compran todo el merchandising colchonero habido y por haber, menospreciando a los correligionarios que a lo mejor no gozan de tanta holgura económica o tienen otras prioridades vitales antes que la afición a un club deportivo. Los hay que identifican ser mejor atlético con apoyar de forma más incondicional, como si la pasión por un equipo nublara el sentido crítico e impidiera sentir filias y fobias por tal o cual jugador o entrenador.

Dibujo vilmente robado al maestro @jorgecrespocano


No, los malos atléticos sois otros. Los malos atléticos, a los que sin exagerar se os puede acusar de traidores, sois los que, desde dentro, contribuís a que la institución se hunda en la miseria. Sabes, seguro que lo sabes, tienes que saberlo, que los directivos actuales del Atleti (que son los mismos que ficharon a Musampa) son unos delincuentes juzgados y condenados por estafar al propio Atleti. Llevas años comprobando además que no hay una puta gestión que resuelvan bien y en la que no quede alguna trampa. Has visto, por ejemplo, cómo nos sancionan un año entero sin fichar por hacer trapicheos con niños (y no tengas los santos cojones de echarle la culpa del castigo al Real Madrid). Has visto cómo nuestros mejores jugadores tarde o temprano se largan. Viste cómo nos intervenía la Guardia Civil, cómo acabábamos en Segunda, cómo el "añito en el infierno" se convertía en dos temporadas en el pozo. Y mientras Giles y Cerezo perpetran todo eso, tú les ríes las gracias, igual que cantabas el "y tal y tal" en su momento. O casi peor, te resignas, te agarras a la prescipción de la condena (que significa que no se les puede encarcelar pero que el delito sigue existiendo), sueltas el típico "son unos sinvergüenzas pero no se puede hacer nada" y te dedicas a atacar e insultar a los que sí tienen el valor de hacer algo. Por eso eres un mal atlético.

Sabes de sobra que llevan años mintiendo pero te crees uno más de sus cuentos. Te han convencido de que necesitábamos un estadio nuevo a tomar por culo, en territorio enemigo, y además endeudándonos hasta las cejas. Aplaudes la Peineta porque va a tener wifi, una pantalla de LEDs y va a ser un poco más grande. Te atreves a decir que de verdad era preciso salir del Calderón, ese estadio que en los últimos 15 años no se han molestado en arreglar, porque "estaba anticuado". Piensas que la culpa de que no vaya a estar listo ni de coña para la fecha prevista es culpa del malvado y perverso Ayuntamiento que nos putea y que siempre favorece a los de blanco, y no de la inmensa y precipitadísima chapuza que es todo. Por eso eres un mal atlético.

Achacas a un complot vikingo-florentinista el hecho de que la FIFA y el TAS nos hayan multado a nosotros por fichar menores. Te da igual que ellos hayan solicitado la suspensión cautelar y nosotros no nos hayamos molestado en pedirla porque somos los más chulos del barrio. Crees que es culpa del Chelsea que Diego Costa no haya fichado todavía, después de dos años queriendo venderle y con el jugador, única petición expresa de Simeone, deseando volver. Dices que los ciervos son unos cabrones por "robarnos" a Theo, un jugador que se ha ido en un traspaso negociado, por menos dinero de la cláusula y encima pagando a plazos. Por eso eres un mal atlético.

Te parece bien que nos hayan cambiado el escudo y lo hayan sustituido por un logo. Te tragas el camelo de que el emblema que lleva representándonos a todos desde hace más de 70 años "necesitaba un rediseño"por "razones de marketing". Opinas que "la empresa" necesita "modernizarse" y que lo importante no es respetar nuestra historia, tradiciones y valores, sino que se vea bien en las redes sociales. Por eso eres un mal atlético. Un cliente cojonudo, pero un atlético de mierda.

No te das cuenta de que Simeone es un escudo humano que trajeron a mitad de temporada en 2011 cuando vieron que el globo se volvía a pinchar. No reconoces que todo, absolutamente todo, lo conseguido desde entonces hasta ahora es obra del Cholo y solo del Cholo. No quieres ver que en cuanto se le hinchen los huevos del todo, harto de que le desmantelen la plantilla, y se largue, vamos a volver a la mediocridad de la que veníamos porque a Gil y a Cerezo les da lo mismo que esto funcione o no. Acusas de la huída de Agüero, De Gea, Falcao, Arda, Diego Costa, Filipe y tantos otros a ellos mismos, que son, todos y cada uno, qué casualidad, unos "ratas". Te parece normal y aceptable que de la plantilla que ganó la Liga y llegó a la final de Champions en 2014, hace solo tres temporadas, solo queden seis jugadores (y porque uno se fue y volvió). Por eso eres un mal atlético.

Sostienes que para que Cerezo y los Gil se fueran tendría que venir "alguien que pague". Te la suda que ellos en su momento no hayan pagado nada y hayan cometido un fraude con tu club, como está más que acreditado, porque eso son "cosas del pasado" y "hay que mirar hacia adelante". No te importa que hayan utilizado al Atleti para promocionarse a sí mismos, como cuando Gil padre lo usó como trampolín para gobernar Marbella. Insistes en que como "el club es suyo" vale todo y pueden hacer lo que les salga de los huevos con tu pasión y tus sentimientos. Aplaudirías que viniera "algún multimillonario chino" a "invertir dinero" para que "el club crezca". Por eso eres un mal atlético, y de hecho, tienes una mentalidad mercantilista de búsqueda de la victoria a cualquier precio que pega más en otro barrio de la ciudad.

¿Que de dónde saco la autoridad para repartir carnés de atléticos buenos o malos? De la tranquilidad moral que me da saber que no apoyo a criminales. Si tú puedes decir lo mismo, enhorabuena, eres buen atlético. Si no, háztelo mirar y, por el bien del Atlético, refórmate o aléjate.

Edito: este artículo ha aparecido en el podcast "Atleeeti!", lo que me llena de orgullo y satisfacción. Aunque no pretendo matar ningún ciervo para celebrarlo.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Si yo fuera yanqui

El tal Donald Trump es un tipo bastante despreciable. No sólo por su aspecto físico, que ya de por sí da cierta grima (aunque bueno, allá cada uno: con esas pintas, por mucha pasta que tenga, se las ha apañado para que un pibón como Melania no huya de él), sino por las cosas que dice y hace. Racista, misógino, homófobo, y sobre todo condenadameante clasista; ya se ha encargado la prensa, con razón, de diseccionar sus numerosos defectos. Y a este personaje acaban de elegirle presidente. Si yo fuera ciudadano de los Estados Unidos de América, créeme, estaría bastante jodido y hasta avergonzado de mis compatriotas.

Pero resulta que no lo soy. He nacido y me he criado en un sitio que tiene la costa gringa más cercana a varios miles de esas millas raras que usan ellos, con un montón de agua en medio, y lamentablemente no he podido ir ni siquiera de visita. De esto puedes deducir dos consecuencias. La primera, que más allá de lo que nos llega a través de los siempre fiabilísimos medios de comunicación ibéricos, en el fondo me pasa lo mismo que a la inmensa mayoría de la población española: no tengo ni puta idea de cómo es en realidad la situación socioeconómica del pueblo estadounidense, ni en su conjunto ni troceando en bloques manejables los trescientos y pico millones de habitantes que andan por ahí. Lo mismo, qué cosas, resulta que una gente que lleva montando elecciones desde finales del siglo XVIII, cuando aquí ni nos planteábamos acabar con las monarquías absolutas, algo sabe de sus propias necesidades y su voto no es "un error", como dicen los exaltados de otros continentes, sino que, por el motivo que sea, han hecho lo que (creen que) más les conviene. Es una posibilidad que igual habría que considerar.

Una vez más, lo vieron venir
La otra es que, más allá de una solidaridad con la ciudadanía norteamericana que seguramente esté tan puteada como cualquier otra y que extiendo al resto del mundo (así de desprendido soy), lo que haga o deje de hacer el gobierno de Washington no me afecta lo más mínimo. ¿Que ofende a las mujeres? Allá las que le hayan votado, que no son pocas. ¿Que quiere poner un muro para que no entren los inmigrantes? Ellos sabrán si se les plantean problemas morales, o de forma más prosaica, si se les jode su economía por falta de mano de obra barata. ¿Que se carga la sanidad, la educación y los pocos servicios públicos que tienen? Ya llorarán cuando se pongan enfermos y los médicos no sepan distinguir la tráquea del peroné. Todo eso son problemas internos suyos, que gestionarán de la manera que estimen adecuada. Son mayorcitos ya. Yo bastante tengo con lo mío.

Lo que me preocupa a mí, y a cualquiera que resida lejos, es lo que hagan en política exterior, por aquello de que tienen la mala costumbre de creerse los policías del mundo y van por la vida exportando libertad a base de bombardeos. En este sentido, si te soy sincero, no sé si Trump va a ser un cabrón con pintas o sólo un hijo de perra soportable. De momento parece ser que lo que pase fuera de los cincuenta estados no le importa demasiado (coño, ¿no te digo que hasta quiere poner un muro para que no entre la peña?). He leído que pretende que los países "aliados" paguen por el uso de la OTAN, lo que en la práctica sería cargársela, algo que al mundo no le vendría nada mal vista la facilidad que tienen para inventarse enemigos. Y parece ser que se lleva medio bien con Putin, lo que, con un poco de suerte, podría significar que se arreglara lo de Siria y, de rebote, que los refugiados empezaran a ver la luz al final del túnel.

Está por ver si este Trump es tan malo malísimo como lo pintan (y dados los antecedentes haces bien en desconfiar). Lo que sí que sabemos con certeza es que la otra que opositaba al puesto, Hillary Clinton, de puertas para afuera es un mal bicho, como demostró sobradamente siendo la secretaria de Estado de Obama, ese pacifista. Destrozó Libia porque se aburría y le apetecía cepillarse a Gadafi. No consiguió resolver las guerras enquistadas de Irak y Afganistán, más bien al contrario, las enfollonó más. Fracasó en su intento de plan de paz para Palestina e Israel. La lio pardísima en Siria, dándole fuelle al Estado Islámico y a extremistas de todo pelaje, de esos por los que luego te cambias la foto de perfil en Facebook cuando hacen de las suyas. Igual su política interior es acojonantemente buena para sus conciudadanos, pero ya te he explicado por qué eso me resbala. Yo prefiero tener que coexistir con alguien que no sea un peligro público, y esta tía lo era. De Trump igual me arrepiento en unos meses, pero de momento no lo puedo decir.

sábado, 25 de junio de 2016

La culpa es de los padres

Que las visten como Guti. Pero no sólo por eso. Parece ser, o esa es al menos la tendencia de moda tanto entre los analistas de prestigio como entre los mindundis más irrelevantes que pueblan las redes sociales, que la razón última de que el Reino Unido haya votado a favor de largarse de la Unión Europea es el afán de la gente de cierta edad por destrozarle el futuro a los que vienen detrás. Lo dice El País y lo dice tu colega del curro en Facebook, así que será verdad.

Guiris viejos, son ustedes malvados. Su manera irresponsable de meter la papeleta condenará a la chavalada británica a un futuro de terror y desolación del que ustedes se van a escapar porque el calendario y la biología, siempre tan perros, dicen que les toca estirar la pata dentro de poco. Así, tal cual, lo he visto publicado en no pocos sitios, con el correspondiente poso de indignación contra esos cabronazos vejestorios que les han desguazado el porvenir.

Adiós, que se van
A ver, tampoco te quiero vender motos: es cierto que algo de eso hay. Los datos reflejan claramente que cuanto más se sube en la pirámide de población, más peña ha votado que sí al Brexit. Pero de ahí a asumir, como hacen muchos a la ligera, que han apoyado la opción de largarse simplemente por joder, va un mundo. No olvides que hablamos de gente con años de esfuerzo a sus espaldas, que se ha dejado los cuernos durante décadas, luchando contra crisis, recesiones, sindicatos amarillos, Thatchers y sucedáneos, para mantener un islote lluvioso en la vanguardia mundial. Ante eso, igual es un poco aventurado pensar que estos abuelos (ni los de cualquier otro lugar del mundo, en realidad), de repente, han decidido en masa que las nuevas generaciones se la sudan y que cuanto más les puteen mejor. Si te cruzas con uno de ellos mejor no se lo digas: no me sorprendería que se mosqueara y te arreara con el bastón.

Lo mismo el problema es de comunicación. Mientras que los partidarios de cerrar la puerta por fuera han montado una campaña posiblemente llena de falsedades, pero tan efectiva que han convencido hasta a la reina (y ella a su vez a otros muchos, que los ingleses aún se la toman en serio), nadie ha sido capaz de explicar de forma eficaz en qué ha mejorado la vida del obrero industrial de Liverpool o del marinero de Sunderland el hecho de que la bandera azul de las doce estrellas ondee junto a la Union Jack. Llamarles ignorantes no sólo no es útil en este sentido, sino que encabrona aún más a unos señores que ven cómo parte de sus impuestos se marchan directamente a Bruselas y que, a cambio, lo que les llega es un montón de polacos, búlgaros y fucking Spaniards que "le quitan el trabajo a sus hijos". Ese mismo trabajo que a lo mejor su churumbel se niega a hacer, o no sabe, pero la imagen mental está ahí y se trata de corregírsela, no de reforzarla.

Porque claro, también estamos presuponiendo que es bueno para los ingleses quedarse en Europa, cuando por estos lares tampoco estamos demasiado seguros. El concepto de integración continental es positivo, qué duda cabe de que una alianza política firme que fomente la cooperación y el intercambio cultural entre países que se han pasado siglos guerreando entre sí es una buena idea, y si hablamos sólo de pasta la teoría dice que también es bueno porque favorece el comercio y tal. Pero no hay que ser un genio para observar que nos ha salido una chapuza donde se fomentan cada vez más los desequilibrios, no hay dos de los veintipico miembros que jueguen con las mismas reglas y la bonanza de unos es austeridad criminal para otros. Los gestores del invento deberían hacérselo mirar, porque cada vez más público está convencido de que son prescindibles. Y a los viejos les cuesta mucho cambiar de opinión.

martes, 6 de octubre de 2015

Elogio de la simplicidad

"Simple", me llamas. Con toda tu furia y tu mala baba. Me lo dices como si fuera un insulto. Es una de esas palabras que, por algún motivo, se han ganado una connotación negativa para la sociedad. Le pasa como a "payaso", uno de los oficios más nobles del mundo (créeme, hacer reír a alguien no es ni medio fácil, y más si se trata de gente tan repelente como pueden llegar a ser los humanoides preadolescentes) que se usa con afán de ofender y ridiculizar. Lo simple es malo, parece ser.

La pobre simplicidad, ese concepto abstracto tan sencillo por naturaleza, que jamás le haría daño a nadie por carecer de las retorcidas herramientas necesarias para herir, está denostada en la cultura actual. Vivimos en tiempos de progresos técnicos asombrosos, en los que la técnica ha creado maquinarias extremadamente complejas para resolver cualquier tarea, por banal o superflua que sea. Tienes un discurso salido de las cavernas del siglo XIX, me dirás. Yo te replicaré con un sonoro "no me jodas" y añadiré que, con el único fin de inmortalizar su cara de idiota, medio mundo está dejándose fortunas en un puto palo con bluetooth enganchado a un teléfono con una capacidad de procesado de datos que para sí habrían querido en la NASA cuando mandaban gente a la Luna.

Se ve que asociamos lo simple a la escasez y la miseria, de modo que queremos siempre más y más para no sentirnos unos pobretones. No es que reniegue de la tecnología, ni mucho menos; sin ir más lejos, si no fuera por el genio que inventó los ordenadores yo ahora no podría estar dándote la brasa. Pero es evidente que esta sociedad del exceso no ha servido para resolver los problemas ancestrales; más bien los ha agravado. No es preciso ponerse en plan miss y pedir la paz en el mundo, porque siempre habrá un imbécil dispuesto a pelearse por cualquier gilipollez; bastaría con garantizar que todo el mundo tuviera una ración diaria decente de comida, algo que, con los medios actuales, sería perfectamente factible, y ya ves tú cómo lo llevamos.

A los humanos os encanta enfollonarlo todo
Pero no hace falta irse a lo material. Lo bueno de la simplicidad (que no simpleza, cuidao) es que es algo tan simple (¡precisamente!) que puede aplicarse a todo. Incluso a la forma de pensar. Que necesitas o quieres algo, vas a por ello. Que puedes, cojonudo, fiesta. Que no puedes, a otra cosa. Pim, pam, pum. Rápido, eficaz e indoloro. Pero no. Los humanos tenéis la capacidad innata de complicaros la vida con reflexiones y pajas mentales intermedias que no llevan a ningún sitio, más que a complicaros la existencia y amargaros sin necesidad.

Las relaciones de pareja son un ejemplo clarísimo. Las estrategias de ligoteo para conseguir pareja de apareamiento ya de por sí son un jaleo agoteador. Que esa es otra: el hecho de limitarnos a la monogamia no sólo nos hace perder mucha diversión, sino que deriva en todo un submundo de celos, sospechas, imposiciones de fidelidad y esfuerzos titánicos para intentar comprender y adaptarnos a lo que cojones esté pasando por la mente de la parte contratante, para no herir sus sentimientos. A mí me ha tocado sufrirlas a ellas, y te aseguro que tiene tela, aunque no dudo (de hecho me consta) que entre nosotros también haya quien le dé mil vueltas a todo y no sólo se joda su propia cabeza, sino que se las apañe para que la mierda salpique a los demás.

Visto lo visto, si me llamas simple no me queda otra que darte las gracias. Me esfuerzo por serlo cada día más. Y si te lo propones, tú también puedes. Es lo más fácil. Siempre. Sin más.

viernes, 15 de mayo de 2015

Carta abierta a Ángela Conesa

Hola, Ángela Conesa, qué tal. No me conoces de nada, ni falta que hace, pero me permito el lujo de dedicarte unas cuantas líneas porque en los últimos tiempos te has hecho bastante famosa en el ciberespacio. Tu caso está circulando a toda velocidad por las redes sociales (yo te he visto ya tres o cuatro veces en Facebook, aunque por lo visto te han compartido ya ciento treinta y pico mil personas) e incluso algún que otro medio de comunicación serio se ha hecho eco de tu situación. Este blog lo lee más gente (o eso quiero pensar) que a lo mejor no sabe de qué va el tema, así que permíteme que dé una explicación rápida. Tú, si quieres, puedes saltarte el siguiente párrafo, porque te supongo informada.

Tú, Ángela Conesa, tienes un hijo de, presupongo, entre siete y diez años. Tú has querido que tu retoño participe en ese ritual católico llamado Primera Comunión, al que se suele llevar a los críos cuando tienen esa edad. Para ello le has inscrito donde le tuvieras que inscribir, has rellenado todo el papeleo preciso y le has llevado a las preceptivas clases de catequesis. Poco antes de la celebración del acto, la parroquia correspondiente te ha enviado, a ti y al resto de padres, una carta con recomendaciones previas de última hora. En esa carta se afirma, o más bien se recuerda, que hay determinados tipos de convivencia, tales como parejas de hecho o divorciados, son "irregulares a ojos de la Iglesia", y por tanto tienen prohibido tomar la comunión que la propia iglesia da. En la misma nota, además, la parroquia pide colaboración económica, con la excusa de poder sufragar sus gastos cotidianos. A ti te ha indignado que, con una mano, te consideren "irregular" y te nieguen la Comunión, y con la otra te pidan dinero. Por ese motivo, les has contestado con otra carta cargada de indignación, en la que dices que supones que la Iglesia también considerará "irregular" tu billetera, por lo que te niegas a hacer donativo alguno. El caso se ha conocido porque tú misma has hecho pública la situación fotografiando y publicando ambas misivas en tu biografía de Facebook.

En vista de los hechos, Ángela Conesa, he de decir que, pese a que has recibido abundantes muestras de solidaridad y apoyo, yo, desde la imparcialidad que me da mi ateísmo, considero que en este caso estás bastante equivocada. Y no sólo eso, sino que además te acuso de hipocresía. Si tienes un hijo de entre siete y diez años imagino que tú andarás, al menos, por los veinticinco, edad en la que ya se tiene (o se debería tener) uso de razón y conciencia de las cosas. Tú, en tu réplica a la parroquia, te defines a ti misma como católica, matizando que "desde hoy" (con firma de pasado 3 de mayo) simple cristiana. De ahí se deduce que durante tus al menos 25 años de vida has sido católica, y los últimos de ellos de forma consciente y voluntaria.

Lo importante es la coherencia
Eres, entonces, plenamente consciente de que el catolicismo tiene una serie de mandamientos, dogmas y reglas de obligado cumplimiento para los fieles que se consideren como tales. No hay medias tintas: si quieres ser católica, te toca aceptarlos. Es así. Si no te gusta, lo tienes tan fácil como decir que abandonas esta religión y pasarte a cualquier otra más acorde con tus creencias (dentro del cristianismo, por ejemplo, hay mil ramas protestantes de todo tipo y color), o bien, si ninguna te convence, renunciar al culto organizado y ser creyente "a tu manera", o hacerte atea, o lo que te venga en gana. Pero si eres católica, debes cumplir con las reglas católicas. Entre las cuales se incluye expresamente la imposibilidad de romper el matrimonio si no es por la muerte de uno de los cónyuges. Si te divorcias, por los motivos que sean, estás atentando contra los principios católicos y, por tanto, automáticamente dejas de pertenecer a esa confesión.

Divorciarte y seguir considerándote católica es la primera de tus hipocresías. La segunda, mucho más grave, es llevar a tu hijo a hacer la Comunión organizada por una confesión cuyas normas no respetas. Ya de por sí es deplorable que a un chaval que no está preparado para tomar decisiones transcendentales, como supuestamente son las relativas a la Divinidad, le fuerces a participar en los ritos de una confesión determinada, sin saber qué es lo que él creerá o dejará de creer cuando tenga capacidad y autonomía suficiente. Por si fuera poco, le pretendes introducir en una fe que ni tú misma respetas. Es completamente normal que la Iglesia, en cumplimiento de su propia normativa interna, te niegue el "derecho" a comulgar. Es su religión, son sus reglas, con cientos de años a sus espaldas, y si no te gusta, te vas. Como ha hecho tanta gente: como sabrás, el porcentaje de católicos en España es cada vez más bajo, y no pasa nada, el mundo no se ha acabado aún.

¿Cuál es, entonces, el motivo que te lleva a querer que tu niño comulgue? ¿"La fiesta"? ¿"La tradición"? ¿No se supone que para un creyente todo eso debería quedar en segundo plano con respecto a la (presunta) importancia espiritual del acto? No digas que lo consideras "un día especial para la familia", como sostienes en tu texto, porque tu familia no se rige acorde a los preceptos católicos. Aunque te duela, tienen razón. Para ellos eres una irregular. Para mí no, yo opino que cada uno hace con su vida lo que le da la gana, pero para ellos sí. Dale las vueltas que quieras, pero no tienes argumentos para sentirte ofendida.

Me atrevo a decirte una última cosa. Te escandalizas en tu réplica de que, pese a que a sus ojos eres una persona "irregular", el párroco tiene la desfachatez de pedirte dinero. El más que aceptable estilo narrativo en que está redactada tu protesta indica que tienes un nivel cultural digno, el cual te debería servir para saber que, en sus casi dos milenios de historia, la Iglesia se ha dedicado básicamente eso: a sacar pasta hasta de debajo de las piedras. La X en la declaración de la renta, pasar el cepillo en los templos, los diezmos medievales, las bulas, todos los etcéteras que quieras, por los siglos de los siglos. Si hasta el principal símbolo del catolicismo, la basílica de San Pedro en Roma, está construida con el dinero que sacaban a los ricachones de la época vendiendo indulgencias que "garantizaban" un chalet adosado en el Paraíso, lo que fue uno de los detonantes para que a Lutero se le hincharan los huevos y montara su Reforma. Que no hayas tenido en cuenta todo esto es síntoma de, por decirlo de forma suave, una tremenda ingenuidad por tu parte.

Sin otro particular, recibe un cordial saludo.

martes, 3 de marzo de 2015

Qué falta de respeto

Desconozco si sería competencia de la Real Academia o más bien de la Guardia Civil, pero urge la creación de un registro de palabras maltratadas y abusadas. Da penita verlas por ahí, en boca o teclado de cualquier indocumentado, de cualquier ignorante que dice que "ignora" a alguien a quien conoce perfectamente pero ha decidido no hacer caso. O de esos que llenan el mundo de "culpables", hasta para las cosas buenas. O de aquellos otros que no tienen problemas graves, sino "serios", como si los demás nos descojonáramos con los nuestros.

En el fondo, muchos de estos casos son comprensibles, y hasta se pueden llegar a perdonar, porque se deben no a la mala fe, sino al desconocimiento puro y duro. Incluso los lingüistas, quizás demasiado indulgentes, acaban admitiendo como válidas algunas de estas aberraciones. El problema llega cuando el uso erróneo se hace de forma torticera, con la intención de obtener beneficio y justificar comportamientos de legitimidad dudosa.

¿Quieres un ejemplo? Te lo doy. El diccionario define claramente, aunque con un punto de cursilería, la palabra "respeto" como la veneración o el acatamiento que se le hace "a alguien". No "a algo", no a entes abstractos, sino a seres humanos con nombre y apellidos. Yo puedo respetar a quien dice algo (si se lo merece, que esa es otra), pero no tengo por qué demostrar ningún tipo de deferencia particular a las ideas que le dé por soltar, por muy sagradas que sean para él. Todo razonamiento, se refiera a lo que se refiera, está sujeto a crítica y debate. En eso se basa, precisamente, la libertad de expresión de la que tanto presumen los gobiernos.
Mayormente así funciona el mundo
Y sin embargo, no es difícil ver discusiones en las que algún interfecto suelta alguna barbaridad y, cuando se la intentan rebatir, se indigna y se enfurruña excusándose en que sus creencias han de ser "respetadas". Semejante actitud se observa especialmente cuando el tema tratado es la religión: parece que tener un amigo imaginario sirve como salvoconducto para quedar exento de cualquier evaluación externa. Hasta hay veces en que la legislación se pone de su parte: no hace mucho leí que varios colegios han retirado el cerdo de los menús escolares "por respeto" a los padres (no a los chavales) que profesan la fe musulmana.

Curiosamente, estos que piden "respeto" por lo suyo están tan convencidos de tener la razón que luego son los primeros en ridiculizar las creencias ajenas, alternando entre la condescendencia y la agresividad según hayan desayunado esa mañana. Y no sé a ti, pero a mí no me apetece lo más mínimo admitir algo sólo porque lo dice alguien supuestamente importante. La Edad Media ya quedó atrás, así que quien tenga algo que aportar al mundo y quiera ser tenido en cuenta, que lo argumente y esté dispuesto a pelearse con sus detractores, sin asumir que le van a reír la gracia por su cara bonita. Porque, como dice un amigo mío, si no quieres que se rían de tus creencias, no tengas creencias tan graciosas.

sábado, 28 de febrero de 2015

Madrid es feúcha

A semejante conclusión, dejándola caer con cierto desdén, llegó la semana pasada uno de los amigos que, aprovechando mi hospitalidad y asumiendo el riesgo de que se la devuelva tarde o temprano, vinieron a visitar la villa en la que nací y en la que llevo viviendo la mayor parte de mi cada vez más menguante juventud. Al principio me vi tentado a sacar ese orgullo patriotero del que, en el fondo, carezco, pero por un momento me paré a pensar. Y resulta que mucha razón no le falta.

Ojo, que no dijo "fea", sino "feúcha", y el matiz es importante. No somos la típica urbe industrial carente de todo encanto. Hay cosillas que ver, no cabe duda. Tenemos una Plaza Mayor bastante maja, con su calle homónima por la que da gusto pasear (a primeras horas de la mañana o bien entrada la noche, únicos momentos en los que la densidad de viandantes permite avanzar metros con algo de tranquilidad). Tenemos una Puerta del Vodafone Sol en la que admirar el reloj y el luminoso de Tío Pepe mientras se esquivan carteristas. Tenemos un templo egipcio auténtico en plena calle, porque somos así de chulos. Tenemos un Palacio Real sin reyes, que han preferido alejarse del bullicio y mudarse a la periferia, aprovechando que el traslado no les sale muy caro. Tenemos una Gran Vía, antaño versión ibérica de Broadway, hoy versión al aire libre de cualquier centro comercial. Tenemos, qué duda cabe, un patrimonio de museos que es la envidia del mundo entero, y que se conocen mucho mejor los forasteros que los indígenas.

La Navidad la adornamos con esa cosa; imagina el resto
Y ya está. Para de contar. Alguna avenida arbolada, alguna iglesia pintoresca, algún parque mejor o peor cuidado. Nada que no haya, en mayor o menor cuantía, en cualquier otra ciudad mediana de toda Europa. Carecemos de una catedral que sobrecoja hasta al más herético de los ateos, no hay ningún gran monumento reconocible en todo el mundo (lo más parecido es la puerta de Alcalá, que a pesar de la canción de Víctor Belén y Ana Manuel, estarás conmigo en que no es gran cosa). El panorama no es muy halagüeño si se tiene en cuenta que uno de los puntos más visitados es el estadio del tercer clasificado en la última Liga de fútbol.

Aunque no lo queramos reconocer abiertamente, en el fondo somos conscientes de que no tenemos gran cosa que ofrecer al turista, más allá del hecho de ser "la capital". Por eso solemos vendernos apelando al "carácter de sus gentes", a la "simpatía", al "todo el mundo es bienvenido, nadie es extranjero". Estaría bueno. Pruébalo con tus amigos, o contigo mismo si eres de aquí, a ver a cuántos conoces que, entre sus cuatro abuelos, no tengan algún inmigrante de algún pueblo más o menos lejano. Yo me muevo en círculos variados, o eso intento, y los que he encontrado se cuentan con los dedos de una mano. De ahí que el madrileño puro, eso que llaman "gato", casi no exista, y por tanto tampoco tengamos tradiciones, ni cantos y danzas típicas (en serio, ¿quién baila el chotis?), ni siquiera comidas autóctonas (cocido se hace en toda España). Lo máximo que podemos aportar es la juerga nocturna, que de eso sí hay para aburrir. Quizás para defendernos de estas carencias se ha desarrollado lo que llamamos "chulería madrileña", que no es más que el orgullo barato del que no tiene nada mejor de que presumir.

Si a todo esto le sumamos los problemas habituales de las grandes aglomeraciones, con sus atascos, sus carencias de limpieza en demasiadas ocasiones, sus inevitables niveles de pobreza y marginalidad y todos los etcéteras que los expertos en sociología quieran añadir, llegamos a la conclusión de que este lugar, para un rato, está bien, pero no es especialmente agradable para vivir. Ninguno de mis huéspedes han quedado tan encantados como para sentir pena por volver a sus lugares de origen, como sí ha pasado cuando me han venido a ver a otros lugares en los que he residido de forma temporal. Apelando al hecho de que Madrid carece de historia propia, sino que es el producto de todos los que han llegado de cualquier rincón de la Península para buscarse la vida en el centro, se puede identificar a la Osa y el Madroño como una metáfora del fracaso colectivo de un pueblo como el español, incapaz de ponerse de acuerdo en nada que no sea salir de fiesta, para construir un proyecto común no ya que funcione (esto sale adelante, más o menos), sino que además luzca bonito.

jueves, 29 de enero de 2015

Syriza y las ministras de cuota

Grecia se ha convertido en uno de los países de moda. Hasta hace cuatro telediarios, lo único que sabíamos de los helenos es que exportan reinas y yogur y que están llenos de ruinas; los más futboleros acaso recordarán aquella Eurocopa de 2004 que ganaron llevándose por delante, entre otros, a España. Pero, probablemente porque su situación política y económica es muy parecida a la nuestra, en los últimos tiempos se habla tanto de ellos que hasta ocupan portadas de periódicos (algo que no necesariamente es bueno, en vista del nivel). Quien más, quien menos, todo dios se ha enterado del último pelotazo: en vez de los de siempre, las últimas elecciones, el domingo pasado, las ha ganado Syriza, un partido izquierdoso, comparable -con inevitables matices- al Podemos patrio, que pretende ponerlo todo patas arriba.

La previsible desazón en los sectores más conservadores contrasta con la alegría y la esperanza de los que quieren que las cosas cambien, que ven en esta revolución a orillas del Egeo como un primer paso para acabar con el bipartidismo que también nos pudre a nosotros. Por una vez, lo que triunfa es el optimismo. O triunfaba, ya que un dato, una simple cifra, derribó de golpe todo el castillo que tan sólidamente había edificado sus cimientos en el aire. Y sólo un par de días después de vencer los comicios, sin que les haya dado tiempo a hacer nada. Bueno, algo sí han hecho, y no tiene mala pinta, pero al lado de la calamidad posterior, no le interesa a nadie.

¿Cuál es su delito? ¿Cuál es el horrible pecado que condena a Alexis Tsipras y compañía, tú también, hijo mío, al más oscuro y tenebroso de los infiernos reservados a los peores traidores del progresismo? Agárrate: ha tenido la desfachatez de nombrar un gabinete de 10 ministros. En este caso el masculino no funciona como genérico: no hay una sola mujer. Es un ultraje inaceptable que margina a la mitad de la población (algo más del 51%, según los censos), en un alarde de machismo que perpetúa el régimen falocrático y contraviene todos los principios de igualdad y equidad. Un ataque a la democracia en toda regla, vamos. Tal hembricido discriminatorio relega a Syriza a la condición de más de lo mismo e invalida cualquier logro que puedan conseguir.

Cuidado con lo que pides, que luego pasa esto
En términos parecidos, o más gruesos si cabe, se expresan los indignados por la ausencia de féminas en el gabinete. Lo hacen porque o bien no se han enterado de la misa la mitad, o peor aún, lo que tienen es voluntad manipuladora. En primer lugar, porque sí que hay mujeres en el gobierno, más que en cualquier otro momento de la historia griega, como demuestra este artículo. Y en segundo, y esto es fundamental, porque un gobierno no es un ente representativo, sino ejecutivo. No se trata de que haya muestras de todos y cada uno de los sectores de la sociedad: el objetivo es que estén los mejores, los que más pueden hacer por el bien del país. A juicio, naturalmente, del partido que ha ganado las elecciones con el apoyo del pueblo. No es que estemos hablando de regímenes rollo Arabia Saudí, donde ellas son bultos sospechosos que deben cubrirse con lonas de camión; Grecia es una democracia europea, de esas que llamamos "avanzadas".

Esos mejores pueden ser diez hombres, como pueden ser diez mujeres, o mitad y mitad, o cualquier otra proporción. Da absolutamente igual, puesto que, salvo en la Italia berlusconiana, no se gobierna con la entrepierna, sino con la cabeza (la de arriba). Quien llega hasta ahí lo hace, o lo debería hacer, porque es válido para el puesto, corruptelas y trapicheos internos al margen, no por lo que ponga en su DNI. En un asunto tan delicado como la gestión de un país, escoger a los mandatarios por motivos de cuotas demográficas no sólo es absurdo, sino también peligroso. En la misma Grecia, por ejemplo, un 14 y pico por ciento de la población tiene menos de 15 años, y no creo que nadie considere adecuado dar una cartera a un preadolescente a medio hormonar. Aunque peor que algunos (y que algunas) no lo haría, seguro...

domingo, 25 de enero de 2015

Alerta anti demagogia

No puedo evitarlo. De hecho, además, me mola. Como todo juntaletras que se precie, me encanta meterme en discusiones. Sobre casi todo tipo de temas, con mayor o menor virulencia en función de la idea que tenga del asunto. En los que no domino en absoluto (que, pese a ser campeón invicto de Trivial, los hay, y muchos, no me duele reconocerlo) generalmente procuro no adentrarme: en mi caso, el miedo al ridículo es mayor que el ego del plumilla que tienen tantos y tantos tertulianos.

Contenido dañino. Manéjese con cuidado.
De lo que sí que me precio es de que, si entro en una batalla dialéctica o textual (el universo 2.0 en el que dicen que vivimos es más propicio a aporrear teclados que a dar voces), siempre voy armado con una buena munición de argumentos. Si son débiles, me los rebaten y se me acaban, pues bueno, he perdido, otra vez será. Pero no los dejaré caer hasta que no hayan dado de sí hasta la última gota de su retórica. Pa' chulo, yo. En todo debate en que participe, yo tengo una opinión, que consideraré correcta y válida hasta que alguien me demuestre lo contrario.

Por supuesto, en mis adversarios, a los que generalmente no considero enemigos, espero el mismo nivel. No es imposible que yo cambie mi posición, pero quien pretenda conseguirlo deberá currárselo. Y al ser una persona totalmente carente de fe, rechazo por completo el magister dixit. Como universitario con mucho tiempo perdido en las aulas, sé de sobra que un título, de por sí, no garantiza sabiduría sobre un tema concreto, así que si tu forma de convencerme va a ser el "porque lo digo yo, que soy tal o cual", ahórratelo. Tampoco me vale para nada que me digas que algo "es así porque siempre ha sido así". No es que todas las antiguallas sean despreciables, pero afortunadamente la humanidad avanza y va descubriendo técnicas nuevas y cada vez mejores.

Pero sin duda, el contraataque que más me repatea, y que se está poniendo muy de moda últimamente, es el de la demagogia. La Academia la define como una "práctica consistente en ganarse con halagos el favor popular"; Wikipedia da una explicación más larga pero que, en esencia, consiste en lo mismo. Sin embargo, en boca de los políticos, ha acogido un significado nuevo. Demagogia es, básicamente, todo aquello que para tu rival sea molesto o incómodo y no sepa cómo replicar sin caer en la parodia. Apelar a ella es una forma burda pero fácil de menospreciar al oponente y aparentar que se sale victorioso cuando, en realidad, se carece de respuesta convincente.

El uso de ese palabro, hasta hace poco, estaba restringido a las autoproclamadas élites, a esos que durante tantos y tantos años han copado el poder y que, en clara muestra de su capacidad, tienen al país como lo tienen. Sin embargo, como todo se pega menos la hermosura, no son pocas las ocasiones en las que, discutiendo, algún indocumentado me ha soltado un "¡demagogo!" a falta de nada mejor que decir. Por eso, he tomado una decisión: abandonaré inmediatamente toda discusión en la que, sin importar el motivo, se utilice esta palabra maldita, o cualquiera de sus derivados. Si quieres imitar mi iniciativa, te invito a que copies el enlace de esta entrada en tu foro favorito cuando te haga falta, para que el título y la imagen funcionen como portazo simbólico. Y que no se molesten en volver a abrir, que pasa la corriente y se van a resfriar.